Durante mi segundo año en la
universidad trabajé en el turno de noche de un modesto restaurante en el barrio
de Kabukicho, en Shinjuku, y respiraba el aire viciado del local desde las diez
de la noche hasta las cinco de la mañana, hora a la que regresaba a mi
apartamento en Mikata, junto a borrachos que habían perdido el último tren de
la noche anterior. Trabajé allí desde finales del otoño hasta principios de la
primavera del año siguiente, de manera que cuando rememoro aquella época, el
paisaje que me viene a la mente siempre está teñido del frío invernal. Fue, de
hecho, un invierno gélido y gris, en el que me sentí solo y mi vida carecía de
alicientes.
No lejos del restaurante había un
pequeño bar de jazz llamado Pithecanthropus Erectus, un nombre que obviamente
tomaba el título de un álbum de Charles Mingus (solo un aficionado al jazz
puede recordar un nombre tan largo). El bar permanecía abierto hasta bien
entrada la madrugada, así que cuando tenía algo de tiempo libre iba allí a
tomar un café y escuchar algo de jazz. Hacia 1970, Shinjuku era un lugar muy
animado, y entre toda esa agitación y desorden se entreveraba también una
ardiente ilusión por el futuro. El entusiasmo se respiraba en el aire y uno
tenía la sensación de que a su alrededor estaban teniendo lugar acontecimientos
extraordinarios.
Ahora no recuerdo si en ese bar
escuché alguna vez el disco Pithecanthropus Erectus, de Charles Mingus. En
cualquier caso, cada vez que lo escucho me acuerdo del local del mismo nombre.
Me siento transportado mentalmente al barrio de Kabukicho, en Shinjuku, durante
el invierno.
Lo que sí recuerdo es la primera
vez que escuché el mencionado disco: yo era todavía un estudiante de secundaria
y no comprendí demasiado aquella música ni me pareció especialmente
emocionante. «¿Qué clase de cosa es esta?», debí de preguntarme, perplejo. Por
supuesto, se me escapaba toda aquella turbulenta sensibilidad y el sutil humor
de temas como «A Foggy Day». Me preguntaba qué necesidad había de añadir todo
aquel ruido a una canción (por otro lado) pegadiza.
Sin embargo, con el paso de los
años, Pithecanthropus Erectus fue ganándose poco a poco un lugar en mi corazón.
Lo que antes había considerado burdo y tosco, aquello que había tomado por un
sinsentido fue transformándose en algo especial, hasta el punto de que cuando
escucho «A Foggy Day» en una interpretación de otro músico, sea quien sea,
siempre me parece estar escuchando de manera simultánea a Mingus, como si este
fuera el parámetro bajo el que guiarme. Puede resultar extraño, pero así es.
Es probable que Mingus no tuviera
excesiva fe en la canción «A Foggy Day», porque en cierta ocasión le dijo a
Lester Young que mientras tocaba «A Foggy Day» tarareaba para sí la letra, que
ese era el único modo de que el tema alcanzase la sensibilidad del público.
Resulta curioso que lo que Mingus nos ofrece con Pithecanthropus Erectus sea
algo opuesto por completo a la concepción musical de Lester Young, algo que
dista bastante del «A Foggy Day» original, cuyo orden ha quedado alterado. Pese
a ello, Mingus mantiene la calidez de la versión vocal de Lester Young y es
igualmente poética; y a nosotros, a su público, nos toca el corazón: en ese
tema hay lágrimas y sangre, y la ejecución de Mingus logra conmovernos.
