“Chet Baker”, por Haruki Murakami

 

Chet Baker por Murakami

 

La música de Chet Baker tiene el inconfundible aroma de la juventud. Pocos músicos que han dejado huella en la escena jazzística representan como Baker el intenso soplo de la primavera de la vida.

Su evocativo sonido y la calidez de su fraseo recrean nuestro paisaje interior y nos invitan a un doloroso recorrido por recuerdos que hemos dejado atrás hace tiempo. Nada como su sonido puro y sin artificios para exorcizar el dolor alojado en nosotros; y nadie como él, con su don, para hacerlo posible.

Por desgracia, perdió ese don particular al cabo de poco tiempo. Como el bello fulgor de un atardecer de verano que va hundiéndose en la noche hasta desaparecer, Chet Baker fue ahogándose en la droga.

Se parecía a James Dean. No solo en el rostro, también en el carisma… y en su fatalidad. Los dos devoraron el tiempo que les tocó vivir y repartieron con generosidad, entre todo el mundo, aquello de lo que se habían nutrido, hasta consumirse. Baker sobrevivió a Dean y a su época, y puede que eso fuera su condena, aunque no esté bien decirlo.

Me alegré de que volviera a la actividad musical en los años setenta y de que, una vez más, se le reconociera su inigualable talento, pero lo que me gustaría conservar en la memoria es el Chet Baker de aquella otra época anterior, a mediados de los años cincuenta, cuando deslumbraba y centelleaba en la Costa Oeste con un estilo vigoroso y rebosante de confianza.

Si bien ya es interesante escuchar sus primeras actuaciones como miembro del Gerry Mulligan Quartet, aún lo es más con su propio cuarteto. Valga como ejemplo el elepé de diez pulgadas Chet Baker Quartet, grabado para Pacific Records (el primero de sus discos como solista), con un sonido y unos fraseos limpios, nítidos, no siempre perfectos tal vez, pero con capacidad para alcanzar en lo más profundo a quien lo escucha. Lo acompaña Russ Freeman al piano, desarrollando ese toque tan característico suyo, resuelto, crujiente, pulcro, con el que proporciona el mejor fondo posible a las evoluciones de Baker a la trompeta.

Bajo la apariencia de su estilo, de impecable serenidad y generosidad, se oculta una profunda soledad. El sonido sin vibrato de su trompeta va diluyéndose suavemente al entrar en contacto con el aire, como si las paredes circundantes fueran absorbiéndolo antes de que el tema musical llegue a desarrollarse del todo.

Desde el punto de vista técnico, no toca de manera refinada ni demasiado estilizada, sino de forma franca y abierta. «Va a acabar desmayándose», podemos llegar a temer mientras lo escuchamos. Crea un sonido épico y lleno de patetismo. Conmueve, sin duda, nuestros corazones. Y no es una cuestión de profundidad. No hay que bucear demasiado. Simplemente reconocemos en nosotros algo que hay en él, algo que quizás también hayamos vivido. Algo que duele.

 


Artículo Anterior Artículo Siguiente