“Los Neofundamentalistas”: un ensayo de Tzvetan Todorov

 

Tzvetan Todorov


Como hemos visto, no está demostrado que la política exterior de Estados Unidos se guíe siempre por los ideales democráticos. Pero a veces sí lo hace, y ello constituye un argumento muy persuasivo. ¿Acaso no debemos admirar y apoyar a un país que dice actuar con la intención de derrocar a los tiranos, instaurar la democracia y defender los derechos humanos?

Los ideólogos de la Administración estadounidense han afirmado muchas veces que la vocación de su país —equivalente al «pueblo elegido» de la Biblia— era instaurar el Bien en el mundo. George Kennan, que ideó la política de «contención» en relación con la URSS, hablaba de las «responsabilidades de dirección moral y política que la historia ha querido confiar a Estados Unidos». En este caso la historia adopta el papel de Dios y se torna capaz de concebir proyectos e intenciones. Y su voluntad se manifiesta otorgando a Estados Unidos un poder superior al de los demás países: en este caso, la fuerza se transmuta paulatinamente en derecho.

En el documento oficial difundido por la Casa Blanca el 20 de septiembre de 2002, conocido como «The National Security Strategy», el presidente Bush hacía explícito el carácter presente de esta «elección»: «Hoy en día la humanidad tiene la oportunidad de conseguir el triunfo de la libertad sobre sus enemigos, y Estados Unidos está orgulloso de la responsabilidad que le compete como conductor de esta importante misión». Pero Bush llega a una conclusión nueva: hay que pasar de la defensa al ataque. Y prosigue diciendo: «Estamos dispuestos a extender la dignidad humana, la libertad de culto y la libertad de conciencia». La consecución de tan elevado objetivo justifica el recurso a cualquier medio, en especial a la guerra.

¿En qué familia teórica se inscribe este proyecto político? Se ha dicho muchas veces que el programa de G. W. Bush, o en todo caso esta parte del programa, fue obra de un grupo de neoconservadores. Pero el término «conservador» no es del todo adecuado en este caso, como apuntaba por otra parte uno de ellos: «Los neoconservadores no pretenden defender el orden de cosas vigente, fundado en la jerarquía y la tradición y en una visión pesimista de la naturaleza humana» (declaraciones de Francis Fukuyama al Wall Street Journal del 24 de diciembre de 2002). Estos ideólogos creen en la posibilidad de mejorar radicalmente tanto el hombre como la sociedad y se implican activamente en el proyecto. Pero en este caso no se les puede atribuir el término de conservadores, ni con el prefijo neo ni con el prefijo paleo. Sería más adecuado designarlos con el término de neofundamentalistas: son fundamentalistas porque reivindican un bien absoluto que quieren imponernos a todos, y son neo porque este bien ya no se define en relación con Dios, sino con los valores de la democracia liberal.

Ninguno de estos dos ingredientes es realmente nuevo, pero la combinación, de ambos, sin embargo, resulta inédita. Los fundamentalistas creen en los valores absolutos y por lo tanto rechazan el relativismo vigente, las críticas a la democracia de los multiculturalistas o la jerga de la «corrección política». Sin embargo, como no son conservadores, quieren implantar su ideal en todo el mundo recurriendo a la fuerza. Según este punto de vista, recuerdan más bien el espíritu de la «revolución permanente». Los orígenes de esta vertiente de su pensamiento deben buscarse en la izquierda revolucionaria antiestalinista; podríamos decir, por tanto, que Daniel Cohn-Bendit se equivoca y acierta a la vez cuando califica a este grupo de ideólogos de «bolcheviques». A pesar de ser críticos con el ideal bolchevique o estalinista, conservan la estructura de pensamiento de los activistas: hay que reformar el mundo, resolviendo sus problemas de una vez por todas, con las armas si es necesario; la libertad debe triunfar. No es casual que entre ellos, tanto en Estados Unidos como en Francia, veamos numerosos ex trotskistas o ex maoístas: en ambos casos se manifiesta un mismo espíritu intervencionista que no se resigna a las imperfecciones del mundo, una misma atracción por la violencia y una ideología inter­ nacionalista.

La exportación de la revolución comunista en el siglo XX, apoyada por el Ejército Rojo cuando fue necesario, constituye la manifestación previa de este esquema de pensamiento, si bien es cierto que el ideal preconizado en esa época era otro. Pero la expansión de la revolución comunista no fue el primer ejemplo de esta mentalidad. En el siglo XIX, las potencias europeas, como Francia y Gran Bretaña, emprendieron guerras coloniales justificándolas con el objetivo de difundir el Bien por todo el mundo. En ese momento el Bien equivalía a lo que hemos dado en llamar «civilización», en nombre de la cual, precisamente, fundaron las potencias coloniales su dominio sobre los países africanos y asiáticos. Antes de eso, los batallones de Napoleón exportaron las ideas de la Revolución Francesa —libertad, igualdad y fraternidad— con la fuerza de las bayonetas. En todos estos casos, los ideales y el poder se reforzaron mutuamente.

En la tradición inmediatamente anterior, la conjunción de ideales y poder se hallaba en la base del orden teológico-político. Ambos elementos estaban indisolublemente ligados: la realeza encontraba su legitimidad en el derecho divino, y la ley religiosa era la base de la ley humana. En la tradición cristiana, surgieron algunas herejías mesiánicas y milenaristas que anunciaban el inminente advenimiento del paraíso sobre la Tierra y declaraban que cualquier medio era bueno para acelerar el proceso. Las utopías comunistas son herederas de los movimientos milenaristas, aunque el objetivo final sea distinto. Y puede decirse lo mismo de las tendencias milenaristas actuales, que no pretenden imponer una vida conforme al modelo de Jesucristo, sino un conjunto de valores encarnado por Estados Unidos, es decir, una variante de la democracia liberal.

Así pues, la idea que anima este aspecto de la política exterior estadounidense no es conservadora, pero tampoco es liberal (ya que preconiza la unidad en lugar de aceptar la existencia de la diversidad). ¿Puede decirse que es una idea democrática? Algunas democracias del pasado recurrieron al ideal, en la época en que países como Gran Bretaña y Francia pusieron en práctica esta ideología en las campañas coloniales. Así pues, la democracia es perfectamente compatible con la existencia de esta idea, pero ¿podemos decir que la combinación de ambas es armoniosa? Lo cierto es que para que se afirmara el ideal democrático hubo que esperar a que se desmoronase la unidad entre teología y política. Esta ruptura, reivindicada por los filósofos del Renacimiento y la Antigüedad, se tradujo en la práctica en la creación de las primeras democracias, la estadounidense y la francesa, antes de dar paso a la separación definitiva entre Iglesia y Estado. ¿Qué sentido tiene este proceso? Un individuo puede creer que lleva una vida mucho más respetable que la de su vecino, pero, si vive en una democracia, no tiene derecho a imponer por la fuerza su modo de vida a los demás. El Estado garantiza la paz entre los ciudadanos, fijando un límite mínimo que no puede transgredirse (un límite que define el delito o el crimen), pero no formula ningún ideal que todo el mundo esté obligado a abrazar. En este sentido, la democracia no es un Estado «virtuoso».

Esta separación se da también en las relaciones internacionales, aunque se manifiesta bajo una forma distinta. Un pueblo determinado puede creer que su Dios es superior al del vecino y pensar por tanto que es él y no el otro quien está en posesión del Bien supremo; sin embargo, renunciará a declarar la guerra al otro pueblo para imponerle su idea del Bien. La democracia significa que cada población es soberana, y que por consiguiente tiene derecho a definir por sí misma su idea del Bien, sin que le sea impuesta desde el exterior. Así pues, cuando las potencias occidentales emprenden una guerra colonial en nombre de la democracia de la que se consideran representantes, los medios utilizados anulan el objetivo pretendido. ¿Cómo se puede «defender la dignidad humana» de los demás sin dejarles decidir su destino? Si imponemos la libertad a otro pueblo, lo estamos sometiendo, y si le imponemos la igualdad, lo estamos considerando inferior.

Por su parte, el ideal de la democracia liberal no se confunde con el del conservadurismo. Es cierto que, al no tomar como objetivo la consecución del paraíso aquí y ahora o el triunfo definitivo de la libertad sobre sus enemigos, la democracia liberal renuncia a sacrificar el presente por el futuro y a defender ideas abstractas en detrimento de los individuos o a justificar las muertes individuales con los nobles objetivos a los que pretende servir (recordemos de nuevo las «bombas humanitarias» y los «daños colaterales»). Pero el ideal de la democracia liberal tampoco supone aceptar resignadamente el mundo tal como es, ni limitarse a contemplarlo desde la serenidad. La democracia liberal se opone a la tiranía, aunque intenta combatirla por medios distintos a los de los neofundamentalistas: denunciándola públicamente, negándose a reconocer la legitimidad de sus gobiernos, marginando a sus países del concierto de las naciones, o recurriendo a cualquier otra iniciativa diplomática, política o económica.

Esta opción —la negociación en detrimento de la intervención, la contención en lugar de la ocupación del territorio enemigo— no está exenta de inconvenientes: los resultados se obtienen con más lentitud, y los impulsores del proyecto no adquieren una aureola heroica. Sin embargo, desde la perspectiva democrática, cuando es posible conseguir un mismo objetivo por dos vías distintas —de forma rápida por medio de la violencia o de forma lenta sin recurrir a la violencia—, es preferible optar por la lentitud. Es mejor desarmar a Irak en cuatro meses sin matar a nadie que desarmarlo en cuatro semanas matando a miles de personas.

Así es como actuaban los países occidentales en las décadas pasadas en relación con los regímenes que merecían su condena, como el de Sudáfrica o el de la Unión Soviética. ¿Cómo contribuyó el Gobierno estadounidense a la caída de esta última? Reagan no modificó la política de contención frente al «Imperio del mal» sino que se limitó a iniciar una carrera armamentística que terminó por poner de manifiesto la debilidad estructural del Estado comunista. De este modo, salió victorioso sin disparar un solo tiro.

El proyecto consistente en declarar la guerra a todos los tiranos y a todas las injusticias es cuestionable, y no solo porque sea imposible de llevar a cabo (se trata de una tarea sobrehumana) o porque en caso de ponerse en práctica comportaría un estado de guerra permanente y contribuiría por tanto al fortalecimiento de todos los ejércitos y todas las policías del mundo (un singular efecto del combate por la libertad). El gran escritor ruso Vassili Grossman, un excelente analista del totalitarismo del siglo XX, constató: «Donde se levanta el alba del Bien, mueren niños y ancianos y corre la sangre» (Vida y destino). ¿Por qué tendríamos que renunciar a imponer el Bien por la fuerza? Debemos renunciar a este proyecto porque corremos el peligro de que se deriven más sufrimientos que alegrías: la nobleza del fin no justifica la vileza de los medios. Las víctimas de la tentación del bien son infinitamente más numerosas que las de la tentación del mal. Por ello Grossman recomendaba cultivar la bondad en lugar del Bien, preocuparse por los individuos y no por las abstracciones. Desde este punto de vista, «democracia», «libertad» y «prosperidad» no son mejores que «revolución», «comunismo» o «sociedad sin clases». Unos ideales admirables no bastan para garantizar la felicidad de la humanidad: mientras nos dedicamos a defenderlos, «mueren niños y ancianos y corre la sangre».

La política exterior y la política interior de una democracia liberal no adoptan la misma forma. En el interior del país, el Estado puede recurrir a la coacción (a la policía) para mantener su poder o para imponer la justicia. Entre países, si bien no renuncia al uso de la fuerza, la usa para garantizar su intangibilidad o para proteger a sus ciudadanos o sus posesiones, en lugar de para imponer un orden ideal en todo el mundo. Aquí radica precisamente la diferencia entre una democracia y un Estado totalitario (o cualquier otra muestra de la combinación entre teología y política): las democracias recurren a las fuerzas armadas en legítima defensa, y los Estados totalitarios las utilizan para cambiar al resto del mundo. Luchar por la perfección del prójimo y no por la propia no es propio de la moral democrática. Por este motivo, no tiene sentido comparar las guerras actuales con la emprendida contra la Alemania nazi o Japón, ya que estos dos países habían atacado a otros, que estaban en su derecho de defenderse con las armas. Hay que reconocer el mérito de Estados Unidos por haber contribuido a instaurar la democracia en estos países, pero no fue por eso por lo que se declaró la guerra.

Por este motivo, un concepto recientemente popularizado como el de «derecho de injerencia» también puede considerarse incompatible con el espíritu democrático. Desde este punto de vista, la Guerra de Irak se inscribe en la misma línea que la intervención en Kosovo, momento en que se incorporó esta expresión a la retórica militar. La única diferencia entre ambos casos es que en Yugoslavia, en 1999, los que intervinieron se contentaron con sustraer una región al control del Gobierno central sin exigir su derrocamiento, mientras que en Irak, en 2003, se exigía la expulsión del Gobierno en vigor. El «derecho de injerencia» pretende identificarse con la democracia, pero al hacerlo comete un deslizamiento de sentido inadmisible. Al principio, se pensaba en una «injerencia» de tipo humanitario. Tomar la iniciativa para ayudar a los heridos y las víctimas del sufrimiento en un país extranjero no supone ninguna amenaza para la soberanía nacional. En un segundo momento, se hablaba de la necesidad de proteger militarmente a los colaboradores humanitarios. Y finalmente, en un tercer paso, contrario al espíritu del proyecto inicial, se justificaba el ataque militar aludiendo a una situación deplorable desde el punto de vista humanitario y se actuaba como si el principal efecto de la guerra fuera la instauración del respeto a los derechos humanos. Fue así como se llegó a una obra maestra de la neolengua: la «guerra humanitaria».

¿Podemos decir que, por poco que nos situemos en la óptica democrática, la intervención militar solo queda justificada en caso de legítima defensa? No, puesto que también se justifica en un caso extremo como el del genocidio, sin que haga falta recurrir a un imaginario derecho de injerencia que uno mismo se ha atribuido por el bien de la humanidad. En este caso, de la cantidad pasamos a la calidad. Cuando se extermina a un grupo constitutivo de la humanidad, nos vemos afectados todos, aunque no formemos parte de ese grupo. Sin embargo, no toda infracción de los derechos humanos es un genocidio, afortunadamente, ni todo tirano es un Hitler. Será mejor que dejemos descansar al fantasma del dictador nazi, sin abusar de comparaciones que confunden en lugar de iluminar. En el ámbito político no rige la ley del tercio excluso, y sigue siendo posible adoptar una acción no bélica: las democracias no están obligadas a elegir entre Munich (capitulación cobarde) y Dresde (bombardeos mortíferos).


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